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Si se cae el techo, que te pille fuera. Consejos de la tía abuela Juana.

November 17, 2018

Mi padre tenía una tía abuela que murió antes de que yo estuviera en la mente de ninguno de mis progenitores, pero que siempre ha rondado nuestras conversaciones más amenas sobre personajes variopintos del árbol genealógico.

 

Porque la tía abuela Juana era una de esas señoras de buena familia, anacrónica y permanentemente de luto que se paseaba enjoyada de evento en evento comiendo canapés y charlando con todo aquel que quisiera escucharla sobre sus almorranas y el foribundo efecto que tenían sobre ella y su frenética actividad. Incluso invitaba a sus interlocutores a echar un vistazo al problema en cuestión, haciendo gala de una ausencia de pudor que hacía que todo el mundo asumiera que la tía abuela Juana andaba por la vida como vaca sin cencerro. Con anécdotas como ésta se podrían llenar libros enteros, y de hecho se llenaban sobremesas completas en mi casa.

 

 

Pues bien, esa actitud entre osada, exhibicionista y maleducada que paseó Juana por la vida y que muchos simplificaban en chaladura de clase alta, no era más que una cordura socialmente repulsiva, pero cordura al fin y al cabo.

Mi madre siempre ha explicado que Juana no tenía ningún concepto de la intimidad porque nunca la tuvo. Intimidad, digo. La bañaban desde que tuvo uso de razón y durante gran parte de su edad adulta. La vestían, la peinaban, la subían y bajaban de carruajes primero y automóviles después. Por lo que, llegada una edad, no le suponía ningún inconveniente que cualquiera le viera el culo. De hecho, la tía abuela Juana empezó a ser socialmente impertinente mucho antes de tener edad para chochear.

 

Nunca fue culo de buen asiento y vivía de visita en visita, en la calle, de compras, de maquinaciones varias, todo el día activa, sea lo que sea que signifique eso en un mundo como el suyo. Además tenía un marido al que quería, una casa señorial en el Bilbao de gente de bien y una recua de sirvientes dispuestos y disponibles por doquier. Recorrió medio mundo y asistió a eventos sociales en cada continente, así que viajaba y disfrutaba con su marido de todo lo que la vida puede darte, siempre y cuando pagar las facturas no sea tu primer pensamiento del día, ni siquiera el último.

 

Pero llegó un día, allá por el año treinta y tantos, en el que volvió a casa con su coche de lujo y su chófer de lujo, a contarle a su marido que había escuchado tomando el café que la mujer de alguien había oído en misa que la cocinera del de enfrente le dijo yoquésequé… Y se encontró sin casa, sin marido y sin servicio.  En su lugar, un edificio en ruinas y un agujero inmenso. Agujero que la única superviviente de aquella casa convirtió en consejo. En frase lapidaria que le acompañaría hasta después de su muerte: Si te cae una bomba, que te pille fuera.

 

 

A ella le cayó una bomba, se le cayó el mundo. Y sabía que la clave para sobrevivir, en este caso en particular y en la vida en general, es estar en continuo movimiento. Su marido era más de leer el periódico en la butaca, y mira lo que le pasó.

 

El otro día nos despertamos, aún de noche, con el sonido de la lluvia. Y resulta que no era lluvia, que caía por los focos del techo, techo que tardó poco en caerse al suelo. Y allí estábamos los cinco, pasmados en general. Sin luz, inundados y sin medio techo. Yo, en particular, le sumaba al desapacible panorama una peli por entregar para ese día, una tarta por cocinar, una fiesta de cumple en casa por la tarde y una fiesta de pijamas esa misma noche.

 

 

Mientras comprobaba si era cierta la obviedad de que sin luz no hay wifi y veía como mis problemas del primer mundo se amontonaban en una sola mañana, no pude evitar dedicarle un recuerdo a la tía abuela Juana. Movimiento. Continuo movimiento. Así que mi consejo de madre emprendedora para esta semana: si se te cae el techo, que te pille fuera. Muévete nena, que nadie lo va a hacer por ti, y nunca sabes qué día caerá la bomba. Que te pille fuera, que te pille bailando.

 

PD: No garantizo que esta historia tenga ningún parecido con la realidad respecto a la buena de Juana, asumo y confirmo el sesgo absolutamente fantasioso que muy probablemente le he dado a lo que recuerdo de esta historia y a como se ha ido transformando con el tiempo y el espacio. Pero eso también es cierto y genuino. Qué sería de las historias familiares si se limitaran a contar la verdad, a secas.

 

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