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Metraje Confinado. Mi peli de familia.

Actualizado: may 17


Este es mi metraje confinado en forma de peli de familia. Aquí he dejado para siempre cosas que quiero retener de esta experiencia que comenzó el 12 de marzo de 2020 y nunca termina de llegar a su final. Por eso, tomar distancia suficiente para saber cuáles elegir y cuáles abandonar ha sido muy difícil. Cada sonido, imagen y detalle de estos planos son una ventana a un recuerdo muy concreto de nuestra vida confinada. Pase, den al play y vean:

Como digo, cada plano para mi es un mundo. Por ejemplo, cuando veo al canijo de ojos perdidos disfrazado de flamenco me da tanta melancolía que no puedo enfrentarle la mirada.


El día era espléndido, de los primeros días de solazo primaveral. Las ramas del árbol junto a la ventana empezaban a verdear por fin y la vecina, que cantaba ópera cada tarde a las 18.30, había acudido puntual a su cita con los balcones. La ovación de las 18.30 ya no le era ajena al pequeño flamenco, por lo que raro era el día en el que escuchara atento esa maravilla de la naturaleza que el destino nos dio como vecina. Su misión en la vida es el sabotaje, que para eso tiene cuatro años recién cumplidos, y pocas veces nos dejaba escuchar en silencio la actuación musical en vivo.


Pero esa tarde, en la que pidió ponerse el disfraz de pajarraco, andaba flojito. Fue una semana difícil, de transición, en la que dejó de pelearse con la vida confinada y empezó a caer rendido de agotamiento. El cansancio de no cansarse. Cualquiera con un niño de esa edad habrá visto el mismo proceso en la misma etapa confinada. No echan siesta porque no hay nada de lo que descansar. Duermen tarde porque no hay razón para madrugar. Pero madrugan igual, y las horas se dilatan al infinito. Y cuando uno tiende a infinito e infinito no responde, acabas escuchando la ópera de la vecina como si de un secreto sólo para tus oídos se tratara.



Además el día era espléndido, ya lo he dicho. Y yo edito la escena en mi ordenador y le doy contexto. Y le cedo el aire que necesita el plano para respirar. Porque hay que descodificar el asunto del disfraz. Hace gracia, pero luego ya no. Hay que adivinar la mirada de perdida bajo el antifaz. Hay que detenerse en las sensaciones encontradas de su mueca. En su rendición ante las cuatro paredes de lujo que le tienen enjaulado. Y aunque el día era espléndido, de mi ordenador sale gris. Porque lo siento gris. Porque siempre voy a ver esa escena con melancolía. Y así podría escribir libros sobre cómo tomar distancia y decisiones con cada plano que contiene esta pieza confinada.

Como os digo, elegir ahora que te quedas y que dejas es muy difícil porque el sesgo sobre lo que grabas en casa es enorme. Porque todos queremos agarrarnos a los buenos momentos, faltaría más. Porque grabamos cuando tenemos el ánimo para hacerlo. Cuando aplaudimos, cuando nos abrazamos porque queremos celebrar que estamos juntos, cuando hacemos el reto, el bizcocho, el salto doble mortal y la voltereta en el salón. La videollamada a 20 bandas el sábado por la tarde. El feliz cumpleaños que nos hemos grabado para que el calor llegue donde llega la cobertura.



Últimamente la vida ha sido esto y han sido muchas más cosas, más complejas de contar y de mirar. Y por eso es difícil contarlas con vocación documental cuando apenas hay perspectiva, cuando apenas vemos la luz de los atardeceres que nos hemos perdido hasta hoy.



Vocación documental ¿Y qué es eso? Pues mi trabajo: contar historias que digan verdad y desprenderme de muchas otras que no, aunque sean ciertas al mismo tiempo. Porque soy editora. Y cuando editas no-ficción, contar una historia consiste en quitar. Hay que desprenderse, despedirse de caminos que decides no tomar. Decir adiós a imágenes, personajes y sonidos que no permanecerán y no verán la luz. Es un duelo constante este trabajo de editar. Porque hay cosas preciosas que quieres retener, pero distraen, desequilibran, dan una impresión equivocada y te desvían de la historia que necesita ser contada.



A veces escuchamos ensayar a la vecina por el patio

¿Y qué necesita ser contado? Lo que permanecerá con nosotros y nos cambiará, nos modelará en el tiempo, aunque lo creamos olvidado. El poso indeleble que nos deja lo vivido. No basta con retratar un momento, con contar lo que sucedía en tu casa, en vuestras casas. Tenemos que narrar y conservar esa historia que necesita ser contada, la que necesitaréis guardar para siempre sobre estos días. Porque esta cuarentena forma parte de un mosaico enorme de emociones, experiencias y conexiones al que llamamos vivir.



Yo vengo a darle forma dramática a eso, quedándome con lo imprescindible. No digo dramática por triste, que a veces hablo en mi idioma y no me entiende mi querido patio de vecinas. Dramática por narrativa. Ya saben ustedes: planteamiento, nudo y desenlace de toda la vida

Esto, cuando se trata de la vida cotidiana, requiere kilos de realismo por un lado, porque no todo es causa y efecto, no todo se encadena hacia un final unívoco. De hecho casi nada. La vida real está llena de cabos sueltos, acciones que no varían el resultado. Chica, no todo marca nuestro destino. Pero, insisto, sí nos moldea. Desde lo más tonto a lo más trascendental.



Moraleja. Guardad todo esto bajo llave, como oro en paño. No borréis ni ordenéis archivos. Que reposen, que adquieran significado mientras tomamos distancia. Meted todos los vídeos y fotos de casa juntitos en una carpeta con mayúsculas que diga PELI CONFINADA y haremos algo memorable con ella.



Ya te he explicado cómo. Y cuando un día veas el resultado entenderás el por qué.

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